Edicion 2024. El festival que se niega a desaparecer
En el complejo panorama cultural post-pandemia, donde la burocracia y la precariedad financiera se han convertido en gigantes que amenazan con devorar los proyectos de autor, la duodécima edición de Villar de los Mundos ha sido un acto de pura y obstinada resistencia.
Cuando el calendario marcaba el final del verano, la fecha habitual del festival, un silencio inusual se cernía sobre Los Barrios. Las dificultades obligaron a la organización a tomar una decisión drástica y dolorosa: aplazar la cita, desdoblarla y llevarla a las puertas del invierno, demostrando que este festival no es una fecha en el calendario, sino un estado de ánimo inquebrantable.
La edición de 2024 se partió en dos actos, un preludio en agosto y un colofón en diciembre, adaptándose a las circunstancias con una flexibilidad que solo la pasión puede permitirse. El tema de este año, un profundo homenaje a la cultura del flamenco, se convirtió en el hilo conductor que unió estos dos momentos, llenando de duende y quejío las piedras centenarias del Bierzo.
El verano nos dejó un primer bocado con una jornada memorable en colaboración con la Cátedra de Territorios Sostenibles de la UNED. Por un lado, una fascinante conferencia sobre el lobo ibérico a cargo del naturalista Luis Miguel Domínguez, y por otro, la magia de Martirio con su «charla cantada», un análisis lúcido y emocionante sobre el papel de la mujer en la copla, que sirvió como brillante introducción a la temática flamenca del festival.
Pero fue en diciembre cuando el corazón del festival latió con más fuerza, desafiando al frío y a las adversidades. La Bodega de las Burillas, con su aforo limitado y su atmósfera íntima, se convirtió en el refugio perfecto para dos noches legendarias.
El primer día, el maestro Jorge Pardo, figura capital del flamenco-jazz, ofreció un recital que ya es historia del festival, un diálogo magistral entre su flauta, su saxo y el alma del flamenco. Al día siguiente, fue el turno de Raúl Olivar, una referencia de la guitarra flamenca actual, cuya técnica y sensibilidad pusieron el broche de oro a una edición heroica.
Más que nunca, la edición de 2024 ha sido un testamento de la tenacidad. Ha sido la prueba de que Villar de los Mundos no es un evento dependiente de las grandes ayudas o de los calendarios estivales, sino un proyecto arraigado en el compromiso de su comunidad y en la complicidad de artistas inmensos que entienden su espíritu. Fue el año en que el festival, contra todo pronóstico, demostró que su llama no se apaga, ni siquiera en la noche más larga del año. Sobrevivir no fue la victoria; la victoria fue seguir ofreciendo cultura de excelencia.
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